20 mayo 2010

Otra manera de hacer negocios

Desde que nos mudamos a la nueva casa andaba viendo a un tío pedaleando cuesta arriba y cuesta abajo portando en la parrilla trasera una máquina cortacésped. Ni que decir tiene que con piernas indurain con todos los extras incluidos.
Y la verdad es que por mi cortedad occidental, no podía imaginarme nada bueno de un tío (negro para más señas que dirían mis prejuicios occidentales sino fuera políticamente incorrecto) con una cortacésped en la bici de aquí para allá.
Hasta que un día el jardinero apartó unas hierbas con el machete y, asomando la coronilla, me dijo que debíamos cortar el césped.
Obviamente, yo no quería comprar una cortacésped para cortar el césped tres veces al año (¡me gusta el césped alto! le dije, ¡pero entonces esto se llenará de serpientes! me contestó, ¡pues mejor que mejor! repliqué) pero el caso es que hemos de cortar el césped aunque sea para controlar que el jardinero no se duerme cobijado por una grama más alta que él mismo.
Así que, como quien no quiere la cosa ni se lleva comisión, me comentó que conocía a una persona que tenía una cortacésped y que corta el césped a domicilio (que bien mirado, difícilmente vas a llevarle tú el césped para que te lo corte)
¡Telecortacésped!
Ya sabréis cómo llegó a casa: en bici, con la cortacésped en la parrilla trasera.
Posteriormente me he percatado que probablemente no fuera sólo un tío el que yo veía arriba y abajo con la cortacésped en la parrilla de la bici.
Y es que aquí surgen negocios a un nivel que serían inviables en nuestro entorno occidental.
Un tío que por lo que sea tiene una cortacésped, se monta un "telecortacésped"; en un momentito (cuatro horas) llega a tu casa y te rasura el jardín por el módico precio de 17 euros (regateando claro, mal, pero regateando).
Otro, que por lo que sea, tiene una máquina de coser, en un periquete se monta un "telesastre" o "telemodista", al gusto del consumidor; otro que por h o por b, tiene una moto, se monta un "telerestaurantequetuquieras", de modo que le llamas, le dices la comida que quieres del restaurante que quieres, y te la trae, y no tiene nada que ver con el restaurante en concreto; otro que ha sido el más rápido en sacar una derivación de un poste solitario de la compañía de luz, pone un puesto para recargar móviles a aquéllos a los que la luz no les llega a su casa. Los que no tienen móvil siempre podrán ir a un puesto donde alquilan el móvil por minutos, que suele ser en un negocio diversificado porque le conviene ser el mismo que los recarga.
El que tiene una tele, por lo que sea, pondrá un teleclub y el que tiene radio la compartirá con quien sea por un módico precio. Con opción a cambiar de canal.
Por supuesto que aquí sigue habiendo afiladores, pero sin el característico silbido a punto de extinguirse en nuestras calles.
Otro tipo de micronegocios son los puestos callejeros: de lo que sea.
Una mujer lleva apostada a la puerta de la ONU varios días con una colección de bolsos digna de nuestras madres cuando aún no lo eran; no se si venderá algo pero ahí se entretiene.
Que alguien ha descubierto un árbol de aguacate poco explotado: ¡puesto de aguacates! (este es un negocio de futuro cercano para mi jardinero, tenemos un aguacate enorme cargado de aguacates verdes hasta las trancas y él ya sabe a quién se los va a vender: al tío que está en la esquina de mi casa vendiendo flores, que vete tú a saber si no salen también de mi jardín...).
Que en el aparcamiento de un centro comercial para muzungus se ha caído una bolsa de naranjas y ya no las quieren: ¡puesto de naranjas!
Que hay unas hojas de banano secas: ¡puesto de cestas de hojas de banano!
Que has llevado dos veces el coche al mismo mecánico, ya habrá quien te dé su teléfono para cambiarte el aceite y otras pequeñas reparaciones en tu casa; sin que se entere el jefe.
Que te gusta cómo te han cortado el pelo, te perseguirán con tarjeta en mano ofreciéndote la posibilidad de obtener el mismo resultado sin salir de casa. Sin que se entere el jefe.
Que no te apetece ir a hacer la compra...
Luego están los negocios de fortuna.
Un tío, por lo que sea, está en la calle sin nada que hacer y repentinamente le surge una posibilidad de sacar unos "bobs" (lo que serían unas "pelas"): un muzungu se ha quedado sin gasolina, pues raudo y veloz irá a la gasolinera más cercana; a un muzungu se le ha pinchado una rueda, pues aunque muestre intención de cambiarla él mismo, no le dejarán, de debajo de las piedras surgirán negociantes de fortuna dispuestos a cambiarla; que un matatu no arranca, allí estarán para arrimar el hombro...
Y así podría seguir hasta el infinito y más allá, donde me encontraría con alguien con un negocio que mi corta mentalidad occidental jamás habría sido capaz de imaginar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

con lo que te gustan las peliculas ,no recuerdas ninguna de los años 40 0 50 que salen ese tipo de cosas,pues no tan esagerado como cuentas pero mi generacion si recuerda cosas como lo del pinchazo desde luego encaretera paraban los camioneros....ct..ct..

Mónica Alisia dijo...

merece la pena decir que muchas de esas cosas las hacen por ayudar, sin cobrar, como lo de sacarte de un barrizal o ayudarte a cambiar la rueda. No cuentan siempre con el dinero, a veces cuentan con la cadena de favores.